Otras formas de mente: inteligencia y conciencia más allá del cerebro

¿Qué es la agencia biológica? La agencia biológica es la capacidad de un organismo para contribuir a su propia conservación regulando su estructura y su conducta según las condiciones que encuentra. No exige conciencia ni deliberación humana. Describe una forma gradual de acción orientada a metas, aunque sigue siendo discutido si añade poder explicativo a la biología.
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En una placa de laboratorio, una pequeña bolsa de grasa se alimenta, crece, copia su material genético y termina dividiéndose. No desciende de una célula anterior. Sus componentes fueron reunidos a partir de sustancias que, por separado, nadie llamaría vivas. El sistema tiene un nombre juguetón, SpudCell1, y una apariencia poco solemne: una vesícula irregular, más parecida a una papa microscópica que al amanecer de una nueva creación. La noticia invita al exceso. «Científicos crean vida», dirá tarde o temprano algún titular. Pero Kate Adamala, la bióloga sintética que dirigió el trabajo, ha sido más prudente. SpudCell necesita que le entreguen alimento, grasas, enzimas y ribosomas. No produce su propia energía, no gestiona bien sus residuos y carece de las defensas de una célula natural. El estudio, publicado por ahora como preprint2, muestra un ciclo celular sintético extraordinario; no demuestra que hayamos fabricado un ser vivo completo. Precisamente por eso el experimento es filosóficamente interesante. No nos entrega una respuesta, sino un objeto fronterizo. Hace varias de las cosas que asociamos con la vida, pero aún no se sostiene a sí mismo. ¿Qué falta entre ejecutar un ciclo y vivirlo? ¿En qué momento una serie de reacciones deja de ser algo que simplemente ocurre y se convierte en la actividad de un organismo? Una palabra ha regresado al centro de esa discusión: agencia. La tesis que guiará este texto es sencilla, aunque sus consecuencias no lo sean. La vida puede actuar orientada a metas mucho antes de tener cerebro, lenguaje o conciencia. Pero reconocer esa capacidad no significa imaginar que cada célula piensa, desea o siente. Significa buscar una descripción más fina de la materia cuando empieza a participar en su propia continuidad. Una piedra y una bacteria están hechas de la misma tabla periódica. Ninguna contiene una sustancia secreta llamada «vida». Sin embargo, si cambia la temperatura, la piedra se calienta; la bacteria, dentro de ciertos límites, modifica su actividad para conservar condiciones compatibles con su existencia. Si escasea el alimento, no se limita a padecer la falta: puede alterar su movimiento, su metabolismo o su relación con otras células. La diferencia no reside en que una obedezca leyes físicas y la otra escape de ellas. Ambas son enteramente materiales. Reside en la forma de organización. El organismo usa procesos físicos para mantener otros procesos físicos en marcha. Repara, compensa, intercambia materia y energía, y responde a perturbaciones de maneras que solo tienen sentido respecto de una condición: continuar siendo el tipo de sistema que es. Decir que una célula «busca» alimento puede ser una abreviatura cómoda. También puede señalar algo real: no cualquier cambio cuenta igual para ella. Hay condiciones que favorecen su conservación y otras que la destruyen. Aparece así una normatividad mínima, un bien y un mal que no son todavía morales. Para una bacteria, cierta concentración de una sustancia es buena no porque la apruebe, sino porque sostiene los procesos de los que depende.
Una máquina diseñada por nosotros también puede corregir desviaciones. Un termostato compara la temperatura con un valor fijado y enciende la calefacción. La diferencia clásica es que su meta viene de fuera: el termostato no tiene nada propio que perder si la habitación se enfría. En un organismo, en cambio, regulación y existencia están entrelazadas. Si fracasa de manera irreversible, no solo incumple una instrucción. Deja de ser. SpudCell vuelve incómoda esta división. Sus metas y componentes fueron impuestos desde fuera, pero el sistema replica genes, adquiere recursos y se divide. No es un termostato y tampoco una bacteria autónoma. Nos obliga a pensar en grados, no en una puerta mágica que se cruza en un instante.

Aristóteles no vio una célula,
pero reconocería el problema

La biología nació hablando de fines. Para Aristóteles, comprender un ser vivo exigía preguntar no solo de qué está hecho y qué lo movió, sino también qué organización realiza. El alma, en Acerca del alma, no era un fantasma alojado en el cuerpo. Era la forma de un cuerpo vivo, el principio por el que podía nutrirse, crecer, percibir o pensar según el tipo de organismo. Ese vocabulario fue expulsado con razón cuando los fines se usaron como sustitutos de una explicación. Decir que los ojos existen «para ver» no aclara cómo se forman, cómo funcionan ni por qué tienen la estructura que tienen. La revolución científica aprendió a desconfiar de las finalidades ocultas, y Darwin mostró que la apariencia de diseño podía explicarse sin un diseñador: las variaciones heredables que favorecen reproducción y supervivencia se acumulan por selección natural. Pero Darwin no volvió inútil todo lenguaje de función. Los biólogos siguen diciendo que el corazón bombea sangre, que una enzima repara ADN o que un animal construye un refugio. El problema no es usar «para», sino decidir qué lo justifica. Una función puede explicarse por la historia selectiva de un rasgo, por su contribución actual al mantenimiento del organismo o por ambas cosas. En el siglo XX se popularizó la palabra teleonomía3 para nombrar esa apariencia de finalidad sin invocar causas sobrenaturales. Un proceso puede estar orientado a un resultado porque la selección conservó mecanismos capaces de producirlo. Sin embargo, el organismo concreto no es solo el escenario donde se ejecuta un programa genético. Integra señales, cambia de estrategia, modifica su entorno y, a veces, crea nuevas presiones selectivas con su comportamiento. Una liebre que huye no consulta su genoma para decidir si gira a la izquierda. Sus genes participaron en la formación del cuerpo y el sistema nervioso que hacen posible la huida, pero la acción incorpora el terreno, la posición del depredador, el cansancio y la experiencia previa. La selección explica por qué existe esa capacidad; no sustituye la explicación de lo que el animal hace ahora.

Agencia sin una pequeña persona dentro

Aquí entra la agencia biológica. Sonia Sultan, Armin Moczek y Denis Walsh la han descrito4 como la capacidad de un sistema vivo para participar en su propia persistencia y funcionamiento, regulando sus estructuras y actividades según las condiciones que encuentra. La definición no exige deseos conscientes. Tampoco atribuye libertad humana a una célula. Sitúa el énfasis en lo que el organismo hace para mantener abierta su vida. Podemos ordenar varios conceptos que suelen confundirse. Una reacción es un cambio causado por otro: una molécula se degrada con el calor. Una función es una contribución estable dentro de un sistema: una membrana regula intercambios. La agencia añade coordinación orientada a metas propias del sistema y cierta flexibilidad para alcanzarlas. La inteligencia supone resolver problemas entre alternativas de manera más amplia. La conciencia introduce algo distinto: experiencia subjetiva, que haya una manera de sentirse siendo ese organismo. Nada obliga a que esos escalones aparezcan juntos. Un sistema puede actuar con flexibilidad sin tener una vida interior. También podría haber formas mínimas de experiencia que no se parezcan a la reflexión humana, aunque demostrarlo es mucho más difícil. El error frecuente consiste en saltar de «responde de manera compleja» a «sabe que responde». Los mohos mucilaginosos pueden encontrar rutas eficientes entre fuentes de alimento. Plantas y bacterias ajustan su conducta a señales cambiantes. Células inmunes persiguen patógenos. Tejidos embrionarios coordinan crecimiento y reparación sin un cerebro central que dibuje el organismo desde arriba. Esos fenómenos justifican investigar la cognición basal: las capacidades de procesamiento, memoria y resolución de problemas que aparecen en sistemas sin neuronas. Michael Levin ha propuesto5 que las redes bioeléctricas permiten a las células compartir información sobre la forma que un cuerpo debe mantener. En esa perspectiva, el cerebro no inventó desde cero la capacidad de coordinar metas; amplió mecanismos de comunicación y control que la vida multicelular ya utilizaba para construir y reparar anatomías. La idea es sugerente porque produce experimentos sobre regeneración y desarrollo. Se vuelve peligrosa cuando las metáforas cognitivas se convierten, sin evidencia adicional, en afirmaciones sobre conciencia.

La objeción:
una palabra elegante que no explica nada

No todos los filósofos de la biología celebran este regreso. James DiFrisco y Richard Gawne han llamado a la agencia biológica «un concepto sin programa de investigación6». Su objeción merece atención. Si decir que una bacteria actuó «por agencia» solo significa que respondió de manera plástica, hemos cambiado una descripción conocida por una palabra más seductora. Si significa que una fuerza holística tomó el control, hemos introducido un misterio en lugar de explicar un mecanismo. También existe un riesgo circular. Observamos que un organismo alcanza un resultado y concluimos que esa era su meta; después explicamos el resultado diciendo que el organismo perseguía esa meta. La explicación se muerde la cola. Para escapar de ella, la agencia debe poder fallar, medirse y distinguirse de alternativas.
Un programa científico necesitaría indicadores. ¿La meta se genera dentro del sistema o fue fijada por un diseñador? ¿Puede alcanzarse por rutas diferentes cuando una queda bloqueada? ¿Integra información externa con su estado interno? ¿Detecta errores y modifica su conducta? ¿Conserva su organización intercambiando materia con el entorno? ¿Puede cambiar ese entorno para ampliar sus posibilidades? ¿Sus respuestas revelan aprendizaje o solo una cadena rígida de estímulos? Ninguna pregunta decide por sí sola. Juntas permiten comparar grados y tipos de agencia. Una bacteria, un embrión, una colonia, un animal, una empresa y un robot pueden mostrar algunas propiedades y carecer de otras. El resultado no sería una gran escala de «más vivo» o «menos vivo», sino un mapa de capacidades. La crítica, entonces, no destruye el concepto. Lo disciplina. Obliga a quienes hablan de agencia a mostrar qué predice y qué experimento sería distinto si tomamos en serio al organismo como centro de regulación. SpudCell es valiosa porque muestra tanto una conquista como una ausencia. El equipo reunió una membrana grasa, un genoma reducido y maquinaria molecular capaz de leer ADN y producir proteínas. El sistema adquiere recursos, crece, replica información y se divide. Incluso puede entrar en un proceso de selección entre variantes. Pero depende de suministros continuos y de componentes complejos producidos fuera. Su ciclo no cierra sobre sí mismo. Una célula natural fabrica, repara y coordina buena parte de la maquinaria que la mantiene viva; SpudCell recibe apoyos que todavía no puede regenerar. Se parece menos a un organismo independiente que a un taller cuyo funcionamiento depende de entregas constantes desde una ciudad exterior. Esto no reduce el logro. Lo vuelve conceptualmente preciso. Construir un objeto que imite operaciones vitales ayuda a descubrir cuáles son indispensables para la autonomía. La vida quizá no sea una lista —membrana, genes, metabolismo, reproducción—, sino una relación circular entre procesos que se producen y sostienen mutuamente. La tradición de la autopoiesis, desarrollada por Humberto Maturana y Francisco Varela, insistió en esa idea: un ser vivo es una red que produce los componentes que, a su vez, mantienen la red y delimitan la unidad. Otros enfoques hablan de cierre organizacional. No significan aislamiento. Todo organismo está materialmente abierto: necesita energía, nutrientes y un entorno. La autonomía no consiste en no depender de nada, sino en gobernar de algún modo las dependencias de las que se vive.

Del cáncer a la inteligencia artificial

Tomar en serio la agencia biológica cambia más que una definición. En medicina, permite preguntar cómo se coordinan las metas de células individuales con las del organismo. Un cáncer puede entenderse, entre otras cosas, como una ruptura de esa coordinación: células que conservan capacidades locales de supervivencia y proliferación, pero dejan de responder a la organización del cuerpo que las contiene. La metáfora no sustituye la biología molecular; puede orientar preguntas sobre escalas de control. En regeneración, la cuestión es cómo un tejido «sabe» qué forma restaurar y cuándo detenerse. Hablar de memoria anatómica o metas morfológicas no implica que el tejido imagine un miembro completo. Indica que existen estados de referencia distribuidos y mecanismos de corrección que todavía intentamos comprender. La comparación con la inteligencia artificial resulta igualmente reveladora. Un modelo de lenguaje puede producir un diálogo brillante sin metabolismo, vulnerabilidad corporal ni necesidad de conservarse. Una célula puede carecer de lenguaje y, sin embargo, participar minuto a minuto en su propia continuidad. La competencia visible y la autonomía no son lo mismo. Esto no demuestra que una máquina jamás pueda ser agente. Sugiere una pregunta más exigente. ¿Sus metas le pertenecen de alguna manera o son únicamente objetivos instalados por otros? ¿Puede revisar y sostener las condiciones de su propia existencia? ¿Forma una unidad cuyos procesos importan mutuamente para que esa unidad continúe? Antes de atribuir mente a cualquier sistema que habla, convendría aprender a reconocer las formas silenciosas de agencia que ya existen en la vida. Durante siglos situamos al ser humano en la cima de una escalera: primero la razón, debajo la sensibilidad, más abajo el movimiento y al fondo una vida vegetal casi pasiva. La biología contemporánea ha ido desarmando esa imagen. Las capacidades no aparecen como paquetes completos. Se distribuyen, combinan y escalan de maneras extrañas. El descubrimiento no exige convertir el bosque en una asamblea de personas ni imaginar que cada célula guarda un yo diminuto. Exige algo más difícil: abandonar la alternativa entre materia inerte y conciencia humana. Entre ambas hay sistemas que se mantienen, exploran, compensan, recuerdan de formas elementales y construyen órdenes que ninguna pieza posee por separado. SpudCell todavía no está viva por sí misma. Ese «todavía» no es una profecía, sino una frontera experimental. Al acercarnos a ella, la pregunta decisiva deja de ser cuándo aparecerá una chispa misteriosa. Pasa a ser qué organización permite que un conjunto de reacciones empiece a tener algo parecido a un punto de vista práctico: condiciones que debe conservar, errores que puede corregir, futuros próximos entre los que su actividad marca una diferencia. Quizá la agencia biológica termine siendo un concepto demasiado amplio. Tal vez, sometida a buenos experimentos, se vuelva indispensable. En ambos casos habrá cumplido una función filosófica: obligarnos a describir con mayor precisión qué hace la vida que una simple máquina no hace. La frontera no desaparece. Se vuelve más interesante.

Notas

[1] SpudCell es una estructura celular artificial creada en 2026 por investigadores de la Universidad de Minnesota. Destaca por ser el primer sistema sintético que logra completar un ciclo biológico completo (crecimiento y división) partiendo exclusivamente de biomoléculas no vivas. [2] A Chemically Defined Synthetic Cell Capable Of Growth And Replication. Nathaniel J. Gaut, Christopher Deich, Brock Cash, Tanner Hoog, Aaron E. Engelhart, Katarzyna P. Adamala. Sitio web: bioRxiv 2026.07.01.735724; doi: https://doi.org/10.64898/2026.07.01.735724 [3] Def.: cualidad por la cual los seres vivos parecen estar diseñados y orientados hacia un propósito. [4] Sultan, S. E., Moczek, A. P., & Walsh, D. (2022). Bridging the explanatory gaps: What can we learn from a biological agency perspective?. BioEssays : news and reviews in molecular, cellular and developmental biology44(1), e2100185. Sitio web: https://doi.org/10.1002/bies.202100185 [5] Levin M. (2023). Bioelectric networks: the cognitive glue enabling evolutionary scaling from physiology to mind. Animal cognition26(6), 1865–1891. DOI: https://doi.org/10.1007/s10071-023-01780-3 [6] James DiFrisco, Richard Gawne, Biological agency: a concept without a research program, Journal of Evolutionary Biology, Volume 38, Issue 2, February 2025, Pages 143–156. DOI: https://doi.org/10.1093/jeb/voae153
Cita este artículo (APA): Calderón E. (2026, 15 de julio). Otras formas de mente: inteligencia y conciencia más allá del cerebro. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/07/agencia-biologica-vida

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